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Z, la letra que nadie respeta

El seseo no es un accidente panameño, sino una  norma en toda América Latina, donde vive el 90% de los hispanohablantes del planeta.

Marlen D. Pérez- periodista y profesora de Español

Todos los días cometemos el mismo error y nadie nos lo señala. Es como si, desde primer grado, alguien hubiera puesto un visto bueno sobre nuestra letra Z y nunca más hubiéramos vuelto a revisarla, ya que seguimos escribiendo y hablando exactamente igual, convencidos de que está bien, porque nadie ha vuelto a corregirnos. Decimos “sapato” sin dudarlo un segundo, le cambiamos una letra a “corazón” para dejarlo en “corasón”, y lo hacemos con la misma seguridad con la que entregábamos la tarea sin revisar. Bienvenidos al error que se volvió costumbre.

El error que nadie corrigió

La ironía es que este “error” que arrastramos desde la escuela tiene nombre y hasta respaldo lingüístico. Se llama seseo y no es más que una herencia histórica de la evolución del español hispanoamericano, donde la Z, la C y la S se fusionaron para siempre en la oralidad y en pronunciar la Z, la C (antes de e, i) y la S con el mismo sonido: el de la S.

No es un error ni una moda; es una forma válida y reconocida de hablar español, propia de América, Canarias y parte de Andalucía. La propia Real Academia Española lo acepta como una variante legítima de la lengua, al mismo nivel que la llamada “distinción” (la pronunciación diferenciada de la S y la Z, típica del centro y norte de España). Es decir, no existe una forma “correcta” y otra “incorrecta” de pronunciar estas letras: existen dos formas distintas, y cada una es válida en su contexto. Por eso decimos “casa” y “caza” igual, sin que eso signifique hablar mal; simplemente hablamos como la mayoría del mundo hispano.

Una lección aprendida a medias

Todo comenzó entre los siglos XVI y XVII, cuando el español se despojó de varios sonidos silbantes, provenientes del sur de España, especialmente Sevilla y Cádiz y se fusionaron en uno solo, la letra S; y como fue justamente desde esos puertos que zarpó la mayoría de las embarcaciones hacia América, esa forma de hablar cruzó el océano y se quedó a vivir aquí para siempre.

Esto no es una teoría improvisada ni una leyenda familiar. El filólogo Amado Alonso lo documentó en su estudio clásico “Historia del ceceo y del seseo españoles” (1951), donde rastreó cómo esa confusión se sistematizó en el sur de España y viajó, casi intacta, hacia América con los colonizadores. La Real Academia Española confirma que el cambio ya estaba consolidado antes de que el español llegara a Canarias e Hispanoamérica, así que el seseo es una herencia directa del sur peninsular, no una desviación ni un invento criollo.

Curiosamente, esta forma de hablar no siempre tuvo buena fama. El filólogo Fernando Lázaro Carreter explicó que, en sus orígenes, el seseo era propio de las clases altas, mientras que el ceceo se veía como un rasgo de menor nivel social. Ese prejuicio ya no tiene sentido hoy, pero todavía influye en cómo algunos juzgan el habla americana. Y el dato del 90% no es exagerado, puesto que según la RAE, la mayoría de los hispanohablantes del mundo vive en América, es decir, en zona seseante. Así que el seseo no es la excepción, es la forma más común de hablar español.

Aunque los puristas del idioma quisieran ponernos una nota roja por cada Z que omitimos, en este lado del mapa seguimos escribiendo y hablando tal como aprendimos, puesto que el seseo no es un descuido sino  una herencia con más de cuatrocientos años de antigüedad, compartida por más del 90% de los hispanohablantes.

La tarea que la escuela nunca corrigió

Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto escribirla? Porque nuestro oído no nos avisa. Si Z, S y C suenan igual, la única forma de distinguir “casa” de “caza” es la memoria visual, no el instinto auditivo. Y aquí está el verdadero titular de esta historia, porque se le enseña a un niño a leer y escribir marcando esa Z en un tablero, pero nadie vuelve a mencionarla en la conversación diaria. La regla se enseña una vez y luego se abandona, mientras la pronunciación, la que sí practicamos todos los días, sin pausa, refuerza el camino contrario.

La buena noticia es que nadie debe cambiar su acento, el seseo es identidad, no un error. Pero, ¿por qué MEDUCA enseña la Z una sola vez y nunca vuelve a mencionarla? ¿No sería momento de practicar la lectura y escritura del seseo con la misma constancia con la que practicamos el habla, en vez de archivarlas en una regla que se enseña y se olvida? Quizás la próxima vez que dudes entre C, S o Z, la pregunta no sea si te equivocaste, sino si alguna vez te enseñaron a corregirlo.

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